La negra y el mar
Un día nublado y frío -como la mayoría de días en Bogotá- nació una frágil bebé en el seno de una familia pequeña y sencilla que tenía una mezcla entre una bogotana y un barranquillero. Lo que ocasionó que la niña sintiera una conexión con esa cultura alegre, carnavalera y amante al clima cálido. Hay algún dicho utilizado en la jerga colombiana que menciona que las raíces llaman. Justamente eso era lo que pasaba.
Su padre un hombre con carisma, parrandero y bailarín le relataba historias mágicas sobre la costa pacífica de Colombia, el esplendor y las fiestas de carnavales. La amabilidad que caracteriza a su gente, pero lo que más le generaba gracia eran las anécdotas de su adolescencia. Varias veces le mencionó los planes que armaba con su grupo de amigos para irse a la playa, los atardeceres majestuosos que se veían en el reflejo del mar. Cada una de las aventuras que atravesó por su tierra y también el anhelo de ver de nuevo a su familia.
Cada una de estos recuerdos se fueron quedando en el pensamiento de esta infanta, por lo que inició un deseo ferviente por descubrir ese mundo que se hizo más y más grande cada día. Como quien sueña con comprar un lujoso auto, así mismo ella soñaba a diario con poder tener la experiencia de ver y sentir el mar. Sin embargo, la distancia fue lo que la separó de ello muchos años, sumado a eso la barrera económica que imposibilita a tantas familias colombianas.
La pequeña niña creció y se hizo una adolescente, ilusionada y con las mismas ganas de siempre logró a la edad de quince años subirse a más de cuarenta mil pies de altura para ir detrás de esos sueños. Es allí cuando llegó unos de los momentos más felices de su vida, el encuentro con su familia y el inmenso mar.

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